Regional
Crónica
02/03/2026
Dicen que el “Súper Lunes” marca el regreso a la normalidad. Que las mochilas vuelven a las espaldas, los uniformes a las veredas y los tacos a las calles. Pero en Los Ángeles, más que un día, el “Súper Lunes” parece una temporada… larga, repetida y con reposiciones todos los días del año académico. Porque aquí, lo “súper” no está en la planificación, sino en la capacidad de la comunidad para sobrevivir a un sistema vial que, con suerte, se sostiene a punta de bocinazos, paciencia y resignación.
A las 7:30 de la mañana, el espectáculo ya está montado. Padres que estacionan en doble fila frente a colegios, furgones escolares que improvisan paradas donde el espacio lo permite (o lo obliga), peatones que cruzan por dónde la intuición les dice que hay menos riesgo, y motociclistas que se deslizan entre los vehículos como si estuvieran en una competencia de supervivencia urbana. Todo esto, bajo la atenta mirada de la ley de tránsito, que es tan clara en sus normas como invisible en su aplicación en los horarios punta.
Porque sí, la normativa existe. Está escrita, publicada y estudiada. La responsabilidad de la conducción, el respeto de las señales y el cuidado de los usuarios vulnerables no dejan lugar a dudas. Pero la ley, por sí sola, no regula el tránsito. Necesita presencia, fiscalización y educación. Y ahí es donde el “Súper Lunes” angelino se convierte en una postal de la improvisación.
El refuerzo de personal en algunos cruces estratégicos aparece como un bálsamo. Un calmante momentáneo para el dolor crónico. Un parche que dura lo que dura la noticia. Porque, pasada la primera semana, la rutina vuelve a su cauce habitual: el caos ordenado, el desorden sistemático, la ley de la selva en cada esquina.
No es un problema de un día, ni de un mes. Es estructural. Y lo más preocupante es que todos participamos en él. Peatones que no respetan semáforos, ciclistas sin luces ni señalización, automovilistas que olvidan que el freno también es un derecho humano, locomoción colectiva que compite contra el reloj, y motociclistas que creen que la línea continua es solo una sugerencia decorativa.
En Los Ángeles, la cultura vial es precaria porque nadie está dispuesto a asumir su parte. Se exige orden, pero se practica el atajo. Se pide respeto, pero se prioriza la urgencia personal. Se reclama por fiscalización, pero se celebra cuando el control no está.
Así, el “Súper Lunes” deja de ser noticia y se transforma en un recordatorio incómodo: no basta con más funcionarios en la calle si el problema es más profundo. No basta con operativos puntuales si la educación vial no es permanente. No basta con sanciones si no existe conciencia.
Mientras tanto, cada mañana, la ciudad despierta con la misma coreografía: bocinas, frenazos, miradas de reproche y ese pacto tácito de sobrevivencia que nos permite llegar a destino. Porque en la práctica, el tránsito angelino no se regula con leyes, ni con campañas, ni con refuerzos temporales.
Se regula con suerte. Y, por ahora, parece ser el único recurso que nunca se agota.